Esto de estar embarazada es toda una nueva vida.

A más de 4 meses, todo ha cambiado para mí, desde cosas sencillas como dejar de beber refresco, dejar de comer alimentos light, hasta olvidarme de mis salidas nocturnas (debido al cansancio). Por supuesto con ello se han ido mis vasos con whisky, mis tarros de cerveza -que no me han dolido tanto-, así como las tazas de café matutinas, vespertinas y a toda hora, los capuccinos fríos, la coca cola light (que era mi consolador por las tardes). Así también, me despedí de mi guardaropa ajustado, de las pocas tangas que tengo, de los zapatos incómodos, de los calcetines que se marquen en mi pierna, de las noches que quiería pasar en un bar, de las ganas de estar fuera de casa tanto como fuera posible. Y qué digo de mi único, arraigado y “querido” vicio del tabaco. Ése lo abandoné a las pocas horas de saber que llevaba otra vida dentro, ni me atreví a fumar una sola vez más.

Así es, ha cambiado tanto mi vida que no niego haberme muerto de miedo ya varias veces, que he llorado en las noches o en las mañanas en lo que alcanzo a entender todo lo que estoy viviendo. Es como entrar a un mundo nuevo, con sentimientos y pensamientos desconocidos, es encontrarse de nuevo así mismo o incluso a alguien más que llevamos dentro como mujeres. Porque sí, llevamos todo el tiempo a una madre ahí dentro, una que sale y te sorprende y que ni nos imaginábamos.

Esto de convertirse en un dador de vida suena a un reto maravilloso. Apenas estoy empezando a digerir tanto en ésta cabecita.